
La situación era insostenible. Buscaban asilo y lo necesitaban ya. Las úlceras negras de su piel delataban su enfermedad infecciosa y mortal. Venecianos de origen en un buque sin rumbo, sin esperanzas, cuando llegaron a Cádiz ya no tenían nada que perder. Allende los mares, los gaditanos eran conocidos por su carácter afable y hospitalario. Con la Dama de la Guadaña en forma de peste embarcada en su buque, no esperaban que en aquella ocasión los gaditanos hicieran gala de su fama. Sin embargo, aquel 1457, los de Cádiz cumplieron con su tópico. «Benditos gaditanos», debieron pensar aquellos venecianos que de un golpe de timón se vieron alojados en el islote de San Sebastián. Allí pasaron la cuarentena de su enfermedad y se curaron gracias a los habitantes de la ciudad. Al bajar la marea, los gaditanos se acercaban al islote (aún sin castillo ni malecón) por los bloques de La Caleta y les dejaban alimentos. En este peculiar acuerdo tan marino como solidario, los venecianos recogían los alimentos cuando subía la marea.
Meses después, los marineros de Venecia se marcharon y los gaditanos pudieron descubrir las señas de su agradecimiento: una ermita en honor a San Sebastián y una imagen de la Virgen del Buen Viaje. Seguro que ni siquiera llegaron a imaginar la de aventuras que le esperaban a su donación de unos 40 centímetros de alabastro tallado.
Fue objeto de veneración pública, peregrinaciones al Castillo y no había comerciante gaditano que se atreviese a marcharse a las Indias sin encomendarse antes a Ella. Por no hablar de sus viajes por medio mundo. Y es que, bajo una petición especial, la Virgen se embarcaba en los buques que partían de Cádiz.
El permiso era imprescindible pero no todos lo aceptaron tan bien. Tan empecinado estaba un marinero en llevarse a la Señora del Buen Viaje que cuando se la negaron no dudó en cortarle los pies al niño. Historias de una Virgen que para Miguel García Díaz, experto en defensas de la ciudad, no tiene secretos. A él y su libro ‘25 historias de Cádiz’, se le deben todos los conocimientos que hoy en día se tienen del Buen Viaje.
Antes que el propio Castillo
La vinculación de la imagen con el islote de San Sebastián es anterior al propio Castillo que data del siglo XVIII. De hecho, la Virgen quedó alojada en el interior de la ermita que edificaron los venecianos. Una vez destruido el templo para crear un torreón de defensa y posteriormente el Castillo, la imagen del Buen Viaje pasó a su capilla interior. Cuando desapareció ésta, fue a la fachada conservada de esta edificación, de ahí, al antiguo almacén de pólvora bajo la torre de mando de la Avanzada. Allí, se le habilitó una hornacina en el interior para protegerla de la intemperie. Sin embargo, años después, pasó a estar en una mesa en el exterior del Castillo «con el consiguiente riesgo de que se cayera o la robaran». Hasta que pasó a engalanar un despacho en Camposoto.
La Virgen atravesó el dintel de San Sebastián para no volver. Del siglo XV al XXI. Cinco siglos de vinculación truncados ya que de San Fernando volvió a Cádiz, pero al despacho de la Alcaldía. Un hecho que ocurrió en los primeros años del 2000. Y ahí viene la crítica, tanto del propio García Díaz como de la Asociación Cádiz Patrimonio. «A ver cuándo piensan un lugar digno ya que el despacho de la alcaldesa no es el lugar más adecuado para poderla ver», se queja Díaz. Cádiz Ilustrada va más allá y apunta el lugar de la vuelta: «Lo mejor es que regrese al Castillo». Sin embargo, José Blas Fernández, primer teniente de Alcaldesa, apaga cualquier atisbo de esperanza: «Teófila le tiene un especial cariño a la imagen». Mientras, la Virgen del Buen Viaje seguirá mirando con sus ojos recién restaurados a las ventanas de la Alcaldía. Como rememorando pequeñas historias del mar, grandes historias de vida.