
A las seis de la tarde, y pese al fuerte viento reinante, la
corporación se puso en movimiento con destino al primer templo jerezano, donde
llegaron a tiempo de realizar las catorce estaciones de este ejercicio piadoso
que cada año convoca el Consejo Local de Hermandades y Cofradías. Para la
ocasión, el Señor tuvo un estreno llamativo, una túnica bordada en hojilla con
un diseño original, que relucía pese a la oscuridad en la que el Señor realizó
todo el traslado, ya que los guardabrisas que colocó la hermandad en la
parihuela de salida no soportaron el vendaval en el que en ocasiones se vio
envuelto todo el cortejo.
La parihuela fue otro de los aciertos de la
cofradía, que estrenó unas andas realizadas por los propios hermanos con
faldones en damasco, que permitía que los cargadores portaran al Señor de una
manera digna y estética. También a destacar el trabajo del capataz, que ha
sabido aleccionar a su gente para la ocasión, con relevos puntuales que en
ningún momento afearon el transitar de la cofradía.
Y si algo lució por
encima de todo lo demás, sin duda, fue el cortejo. Calidad y cantidad se dieron
la mano para acompañar al Señor de la Clemencia desde San Benito hasta el centro
de Jerez, pese a que ayer fue día laborable y muchos hermanos llegaron tarde
para incorporarse al cortejo. De negro riguroso la totalidad de los hermanos de
San Benito, su compostura y saber estar fueron ayer un ejemplo de cómo se hacen
las cosas, y eso que en total la cofradía se acercó a las seis horas en la calle
desde que salieron hasta que se recogieron de nuevo en la parroquia de San
Benito, cerca de la medianoche.
La nota más amarga fue quizá la más
esperada, el acompañamiento musical. Con pocas ganas, y sin guardar las formas
mínimas exigibles, ya que incluso algún componente fumó durante el recorrido. Un
lunar ajeno a la propia organización de la hermandad y que no desmereció en
absoluto la perfección de una puesta a punto que será recordada como ejemplo de
lo que es un Vía Crucis espectacular, lleno de fe y devoción.